El agua no sale caliente. Lo llevo diciendo desde hace no sé cuantos años, que el termo iba mal. Pues nada, el termo va fenomenal y yo empezaba a sospechar sobre la calidad de mis sentidos, qué ideal de la muerte, me quemo y no me doy cuenta. Aunque claro, a veces esa incapacidad de sentir el calor también la sentían otros pero de todas maneras, en tal caso, era mi culpa, porque la había gastado yo.
Años más tarde llega mi triunfo, cuando sale de la boca de mi padre la agraciada frase que llevaba tanto esperando: "El termo está estropeado, no calienta bien," ¡¿De verdad?! ¡No me lo puedo creer! Entonces... ¿ya no soy insensible al calor? Espero que se note mi ironía en todas estas preguntas.
El caso es que han puesto un termo nuevo y tras años de desesperación, no tengo que gritar a mi madre desde la ducha la famosa exclamación pidiendo ayuda, o más específicamente, pidiendo agua caliente. Y cuánto mejor, no obtener como respuesta de una masa familiar un insulto contraproducente.
Lo demás va como debe ir. Tengo como siempre mis días de impotencia en los que ataco por la espalda a todo cojín que me mire mal, que viene a ser todos, vaya. Pero me lo tomo mejor cada vez, será que el tiempo no pasa en balde de verdad.
He paralizado demasiado mis horas dedicadas a escribir y escuchar música. Bueno, lo segundo no, pero tomando como pack escribir y música se podría decir que se han estancado. Leo menos, escribo menos, pienso menos y acabando de decir esto me deprime la idea de pensar qué leches estoy haciendo. Pues no lo sé, ¿otra etapa nueva? Bah, no creo... o no quiero.
Esto es a lo que me refiero siempre como desolador, el hecho de no acabar de acostumbrarte a una cosa cuando ya estás metida en otra. Sería beneficioso si a lo que me estaba acostumbrando me gustaba pero es que... Joder, para una vez que me gustaba lo que hacía ahora dejo de hacerlo sin saber por qué.
Definitivamente cambiamos, para viejos, no para mejor o peor. Y sí, me siento una abuela con dieciséis años casi recién cumplidos a la que su dentadura se le ha quedado grande y puede comer picos. Todo se me va de las manos sin que pueda llegar a asimilar que está ahí, tan delante de mí como para no ver más horizontes.
Que pequeña alegría de vida más corta. He dicho y reitero que no soy creyente pero no me parece mala idea del todo eso de la vida eterna allá arriba, después de una llena de trabajo, sufrimiento y lucha nos merecemos, mínimo, un trocito de nube con vistas a Júpiter y sus anillos.
El tiempo me trae loca y distraída, ayer, además de dormir y estudiar un par de horas mal contadas, ordené mi cuarto por motivos relacionados con el tema del inicio de este artículo. Como es normal, de los armarios salen cosas increíbles. Miento... ¿fascinantes? Bah, mucho mejor. Yiruma me acompañó durante casi todo el día y me alegro muchísimo de tenerlo como fondo, me hizo pensar en demasiadas cosas que no recordaba.
Si tuviera que recalcar algo entre todo lo que encontré escondido entre bolsas y polvo sería, sin lugar a dudas, un álbum de fotos que rescaté de entre los cajones de una vieja cómoda. El álbum citado contiene sobre todo fotos de mi infancia más tierna, probablemente hasta los cuatro años, una monada de criatura.
Siempre me pasa lo mismo y siempre me doy cuenta de lo repetitiva que soy en mis artículos pero leches, como siempre, también, no dudo en hacerlo.
Ya me ha pasado antes lo de ayer: ordenar con miedo a encontrarse con lo que estaba oculto por tu sombra, porque estaba. Y ahí iba, melancólica perdida, entre jerséis de la talla 12 y sonrisas varias llenas de dientes de leche.
Por más que lo piense, repiense, mire, reflexione y observe, nunca me parece de más buscar dentro de ti lo que fuiste, lo que has hecho que seas así. De cualquier forma forma parte de ti.
No todo merece ser recordado. No lo creo, además, está muy visto a estas alturas. Mucho mejor lo estimo sin ese No tan irracional.
¿Qué sería de nosotros si no hubiéramos actuado así? En estos momentos, hablando en particular, me doy cuenta de que si no cambio mi pasado es porque me gusta los frutos que ha dado y, en este caso, eso significa que me gusta. Por esto me gusta escribir.
Me llevaría horas hablando de lo mismo, de mí, de lo que pienso y demás temas que ya estoy acostumbrada a a alojar en mí pero mañana tengo un fantástico examen de literatura que realizar sobre la lírica medieval. ¿A quién no le apetece un domingo lluvioso de enero estudiar a mi querido Jorge Manrique y sus coplas manriqueñas de pie quebrado? Pues mira por dónde, a mí no, pero no hay otra.
Hasta que vuelva a aparecer por estos lares, disfruten.